martes, 30 de abril de 2013

Café y noche 59 - Paraísos musicales -

La música es el motor de vida de muchas personas, de tantas que es imposible conocer un número preciso. Está en todos los años de nuestra existencia, hasta el punto de poder confeccionar una gigantesca banda sonora de todos los momentos que hemos vivido.

 En mi caso, siempre ha estado. He crecido escuchando a muchos cantautores, a grupos que sonaban en las listas más prestigiosas de emisoras del tres al cuarto y conozco más estilos que dedos en mis manos. A cada tipo le encuentro algo especial, una razón por la que aferrarme a sus acordes. Hoy, en Café y noche, música clásica. Un programa dedicado a la pianista y amiga María Victoria Romero.

Resulta especialmente particular cómo la música se nutre de nuestras experiencias para que, de por sí, tenga sentido. Es habitual que los escritores hagan su trabajo acompañados de música clásica, de los aventurados dedos de Chopin, de la violencia del sordo Bethoveen o de la ruptura musical en las obras de Erik Satie. A veces, incluso, en ciertas obras se dibuja una vida, desde sus primeros pasos hasta la inactividad más absoluta. Esto, que no deja de ser complicado, se puede percibir en las obras de grandes pianistas, pero también en aquellas de otros músicos que han transcendido. Escuchamos el que pudiera ser considerado el principio de una vida: Preludio, de Sebastian Bach.

 Es complicado, muy difícil, hablar de música clásica sin haber pasado por un conservatorio o sin haber recibido algún tipo de formación, pero no lo es tanto comprender que no siempre se sigue un esquema clásico en la música, que es hasta bonito ver cómo hay autores que han sabido plasmar cierta ruptura dentro de los pentagramas y, posteriormente, han encontrado el equilibrio, la perfecta unión entre un fragmento y otro. El músico que es atrevido, el que inventa y reinventa, a mi juicio, es el que perdura en la memoria colectiva.

 El cine también se ha valido de grandes músicos para dar vida a las historias de otros. Por ejemplo, en La Naranja Mecánica había un personaje que perdía la cabeza completamente cuando escuchaba el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven. Cuando lo normal es que algunos sientan una paz interior al escuchar música clásica, hay otros que se vuelven completamente locos. Escuchamos la Novena sinfonía.

 No es sólo el paso de la vida, no es sólo la conexión de nuestros latidos con la tierra, no es la corchea convertida en música, ni la verdadera conjugación de tiempos que han salido de cinco líneas paralelas sobre un papel. Es una razón que nos invita a creer en la música, el motivo por el que hay hombres que, tras el paso de los tiempos, siguen siendo recordados e idolatrados; es la completa y gigantesca convicción de saber que hay otro mundo, en el que todo es mágico, imperecedero y, al mismo tiempo, humano. Así es la música clásica, un vergel para el caminante y un espacio en el que quedan depositados incontables sensaciones que sólo se manifiestan cuando varias notas musicales juegan a perseguirse dentro de nuestros oídos. Algo parecido al Canon de Pachelbel.

 Audios extraídos de Jamendo y YouTube

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