miércoles, 7 de agosto de 2013

Expreso 07 - El camino de la conciencia -



No temo al tiempo, no le tengo miedo a nadie, sólo a mi conciencia. Es ella la que se enfrenta a mi cuerpo y lo debilita, como si fuese una fina vara de madera. Maneja a su antojo cualquier emoción y me somete a terribles pruebas que hay de superar. Hemos librado batallas eternas, luchado a causa de tantas situaciones complicadas y siempre se demuestra que es ella la que manda. Queda comprobado que el cuerpo sólo es un vehículo para transportarla de un lado a otro, que únicamente es un muro que sólo se puede reforzar con esta.

Leía ayer que pasamos el 70% de nuestro tiempo recordando momentos del pasado, hecho que refleja que hay mucha toxina mental que no sale de nuestro cuerpo. Imagina: el pasado, el cual está formado por episodios felices y triste, pulula con total libertad por nuestro circuito cerebral. He aquí cuando nuestra mente ha de estar reforzada, cual bloque preparado contra el choque de un meteorito o bomba atómica.

Si ya lo decían los griegos: "mens sana in corpore sano". Hace falta que exista un precioso equilibrio entre cuerpo y mente, dado que, si la balanza está más para un lado que para otro, es fácil que siempre exista algo que impida que seamos felices. No hay más vuelta de hoja, es así de simple.

El pensamiento, a veces, es nuestro peor enemigo. Cuando este es negativo, podemos recurrir a todo tipo de metáforas y sustantivos, a frases como "mi mente es un muro", "esta idea es una piedra en el camino", "no puedo", "no quiero", "no voy a...", etc. Por eso, en mi humilde opinión, es vital que nuestra conciencia sea estable y no haya que lidiar muchas guerras con ella; es recomendable que siempre esté limpia como un manantial, pues, si no, la vida se convierte en un completo infierno, en el cual es casi imposible estar en armonía con tu ser y con el mundo.

No conviertas tu conciencia en tu enemigo, como te decía al principio. Aliméntala con propósitos que vas a cumplir; ponle pruebas que cada día la hagan más fuerte y no permitas que sea ella la que te someta a juicios; llénala de vida y no permitas que consiga debilitarte hasta el punto de tener que atiborrarte a pastillas; deja que ella mande sobre tus actos futuros y, en definitiva, actúa siempre sabiendo que te has hecho el bien a ti mismo y a los demás.

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